Amor ¿un sentimiento?

 

Es un hecho cultural incontrovertible, que para la gran mayoría, amor es sentimiento. Si no siento, no hay amor. Escuchamos mucho “se fue el amor”, ya no siento nada por él o ella. Entonces ¿cabe la elección, y por tanto, es acto libre de la voluntad? ¿Elijo al amar o es puro sentimiento que viene y va? no parece que lo tengamos muy claro en nuestra sociedad.

Si el amor del que venimos hablando es buscar el bien del otro, en cuanto otro; o corroborar en el ser al otro. Entonces, el acto de amar significa afirmar en el ser a la persona amada, procurar su perfección poniéndome al servicio de su plenitud. A eso me determino; elijo inconfundiblemente a esa persona, distinguiéndola de todas las demás y convirtiéndola en objeto insustituible de mi amor. Es precisamente esa “irrepetibilidad” de la persona, esa unicidad, lo que hace posible una elección. Es una elección fundamentada en la originalidad del ser.

Este amor requiere actividad: cuidar, respetar, ayudar, conocer… no es que alguien me afecte -afectar de forma pasiva- sino “un esforzarse activo de la capacidad de amar, que tiende al crecimiento y felicidad de la persona querida”; y esa actividad provoca en mi la verdadera felicidad.

Pero ¿qué papel juegan los sentimientos? ¿es posible un amor sin afectos? ¿qué hay de la atracción que nos afecta? El verdadero amor humano es espiritual y sensible. El amor de amistad, por ejemplo, es más perfecto cuando -como dice Cicerón- se da la concordia emocional. No se trata de relegar la afectividad a un plano inferior. Se trata, entonces, de armonizar; de que los sentimientos, los afectos, las emociones, estén al servicio de ese amor electivo, de esa benevolencia.

En teoría, la persona, con su inteligencia y su voluntad, buscando un querer más hondo, “arropa su amor electivo con el acompañamiento de las emociones afines”; y también puede acallar las tendencias y sentimientos que se oponen a su buen querer. Pero en la práctica hay conflictos. Las emociones, los afectos, los sentimientos no siempre están al servicio de ese buen amor. Aun así, no somos traídos y llevados por ellos de forma irremediable, podemos “gobernarlos”. Es necesario educarlos para que estén al servicio del auténtico amor.